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La historia de Vizcable y la Sierra del Segura: Un territorio que no se rinde

Olvídate de los libros de historia aburridos con fechas y reyes polvorientos. La historia de Vizcable y la Sierra del Segura es cruda, fronteriza y llena de sangre, agua y rebeldía. Aquí el tiempo no pasa: se acumula en las piedras, en las torres árabes y en el río Taibilla que parte la aldea en dos como si dijera «yo mando».

Todo empieza hace miles de años. Desde el Mesolítico, grupos humanos dejaron su huella en más de 60 conjuntos de arte rupestre levantino (Patrimonio de la Humanidad) alrededor de Nerpio: arqueros cazando ciervos, mujeres danzando, cabras saltando… en abrigos como La Solana de las Covachas, a tiro de piedra de Vizcable. Imagina pintores prehistóricos usando ocre y saliva para contar sus vidas en estas rocas.

Llega la época musulmana: el valle del Taibilla es frontera caliente. Construyen atalayas y torreones para vigilarlo todo, como la imponente Atalaya de Vizcable (siglo XI-XII), que aún se alza orgullosa dominando el valle y la rambla del Almez. Desde ahí controlaban el paso estratégico entre Castilla y el reino de Murcia. Torres de vigilancia que decían: «Aquí no pasas sin permiso».

En 1242-1243, la Orden de Santiago conquista Nerpio y Taibilla a golpe de espada. Fernando III cede todo a los santiaguistas: castillos, aldeas, pastos. Nerpio y Vizcable pasan a ser parte de la Encomienda de Taibilla (con su castillo en ruinas hoy). La frontera se mueve, pero la gente se queda: agricultores, ganaderos, pastores que viven del río y de la tierra fértil.

En el siglo XVII, Nerpio se rebela contra Yeste y consigue el villazgo en 1688 (pagando un dineral en maravedíes). Vizcable queda dividida: mitad en Nerpio, mitad en Yeste. El Taibilla sigue serpenteando, indiferente a los papeles. En el siglo XX, la Mancomunidad de Canales del Taibilla (1927-1945) desvía agua a Cartagena y Murcia, dejando el río seco en partes y aldeas en la miseria. Pero la gente resistió: siguieron cultivando, criando cabras y vendiendo aceite, vino y orujo a quien llegaba.

Hoy Vizcable es eso: 25 caseríos dispersos, una torre árabe que vigila, un río que canta y una historia que no se vende en postales. Es un rincón donde la prehistoria, los moros, los cristianos y los vecinos actuales conviven sin pedir permiso.

¿Quieres sentir esa historia en las venas? Ven a nuestras casas en Vizcable. Aquí no lees la historia: la vives. Reserva ya y déjate conquistar por este territorio rebelde.

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